Son hermosos, ¡pero peligrosos!

En otra época no había probabilidad de que vieras pericos volando entre los árboles, si podías ver uno, seguramente las personas intentaban atraparlo.

Hoy en día, en las delegaciones de Iztapalapa y Gustavo A. Madero es posible admirar parvadas, incluso nidos enormes de ellos, pero la realidad es que lejos de ser bueno, está comenzando a ser un problema.

Los pericos monje o cotorras argentinas (Myiopsitta monachus), llegaron a México en 1960, por lo que no son una especie endémica, tampoco están en peligro de extinción, aunque su venta se prohibió en 2015. De hecho estos ejemplares se propagaron por México porque imitan muy bien la voz humana.

Los pericos monjes tienen características invasivas, como el crear nidos en donde puede caber más de una pareja y que incluso llegan a pesar cerca de 150 kilos, desplazando a las aves que sí son endémicas de México.

La principal razón de que se les empezara a considerar una plaga fue que las personas que las tenían las dejaron libres, ya que estas aves pueden tener de 5 a 12 polluelos. Junto con ello también se les alimenta, ya que la población piensa que son originarias de México y ven su propagación como una mejora en el medio ambiente.

Iztapalapa, San Juan de Aragón y Gustavo A. Madero son las principales concentraciones de estas aves y por ahora la estrategia es que aves como águilas y halcones puedan disminuir su población de forma natural. De lo contrario se tendría que pasar a una campaña de erradicación.

La principal recomendación es que si ves uno no busques alimentarlo, tampoco se busca que sean agresivos con ellos. Se espera que su población pueda disminuir por el bien del ecosistema en la Ciudad.