Crónica de un perro viajero: Parte 2

Raúl Alberto Romero Torres

 

Mamá, Papá y Liz lo llaman “Elmar”, ¡y es enorme! El sol es tan intenso que seguramente ha quemado la ropa de la gente y sólo se les ve la piel enrojecida, mientras que la tierra es tan suave que las personas terminan hundiéndose en ella, a tal grado que muchas han quedado atrapadas de todo el cuerpo y sólo puede verse su cabeza. 

Sin embargo, a mí me encanta la sensación de esa tierra y comienzo a revolcarme en ella. Se me ocurre que puedo cavar ahí para poder refugiarme del calor y empiezo a hacer un hoyo con mis patitas. Entonces, cuando creo que ya es lo suficientemente profundo, el agua llega hasta mí e inunda todo. Enojado, le ladro para ahuyentarla, pero cuando parece que lo he conseguido, ¡llega aún con más fuerza y me derriba, deshaciendo todo mi trabajo! 

 

 

Le ladro a Elmar más fuerte e incluso más molesto, cuando a lo lejos escucho la risa de Liz, quien ya se ha adentrado en el agua. Como ella no entiende la situación, voy con Mamá y Papá, quienes están sentados donde apenas se mojan sus pies. “¿Qué pasa, chiquitín?”, me pregunta ella tranquilamente, aunque no logra entender mis reclamos. Por suerte, Papá logra calmarme acariciándome el lomito, mientras se limita a decir “Ya, no pasa nada, campeón”.

Cuando al fin logro tranquilizarme y ya estoy recostado sobre el regazo de Papá, Liz me llama. Finalmente la distingo a lo lejos, pero ella da un brinco y se pierde de vista. ¡Elmar la atrapó! Rápidamente corro hasta donde estaba, esquivando por el camino los movimientos del agua que viene hacia mí. Al llegar a ese lugar, le reclamo a Elmar para que la deje ir. De pronto, siento cómo unas manos me agarran por debajo del agua. Por un momento, creo que también me va a llevar a mí, hasta que una figura aparece… ¡Es Liz! 

 

 

“¿Viniste por mí, muchacho?”, me dice al tiempo que me abraza. Está muy feliz de verme, quizá porque ya sabe que yo la salvé. “¿Verdad que el agua está muy rica?”, me pregunta, y entonces me echa un poco en la cabeza. Aunque sí ayuda contra el calor, me toma por sorpresa y me sacudo todo, salpicándola a ella. “¡Ya, perdóname!”, dice entre risas, “mejor vente, volvamos juntos a la orilla”.

Al llegar a tierra firme, Papá y Mamá nos están esperando. “Ya es hora de irnos”, afirma él muy sereno, pero ellas responden desanimadas. “¿No podemos quedarnos otro ratito?”, sugiere Mamá, pero él niega con la cabeza. “Aún tenemos que ir a dejar las cosas al hotel. Además, ya hace hambre”, asegura, y como en eso estoy de acuerdo, ladro a favor. “¿Ven?”, dice Papá, señalándome con una sonrisa.

“Bueno, sólo déjanos dar una vuelta más, ¿va?”, le pide Liz a Papá, y antes de que él le responda, ella ya me está jalando para que nos echemos a correr juntos. Así, avanzamos esquivando tanto a la gente que juega como a la que está atrapada en el suelo. Aunque el sol es más intenso que cuando llegamos, es divertido y gratificante sentir cómo el viento mueve mis orejas y ver cómo mueve el cabello de Liz. No estoy seguro de a dónde quiere ir, pero iré detrás de ella…

 

 

Continuará…