Día de muertos y el inframundo: Animales como guías espirituales

Una de las tradiciones más hermosas de México es la celebración del Día de los Muertos, cuyo festejo inicia el 1 de noviembre, día de Todos los Santos y que culmina con esplendor el 2 de noviembre, día de los Fieles Difuntos. Sorprendentemente, este evento que conmemora a la muerte resulta en extremo colorido y siempre alegre.

Este interesante suceso fue nombrado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en el año 2008, pero su origen se remonta a varios siglos atrás y es el resultado de la tradición católica traída por los españoles, influenciada por algunas creencias prehispánicas con respecto a los muertos. Por otra parte, a lo largo de las últimas décadas, esta festividad también ha sufrido el influjo del Halloween o Noche de Brujas, que los estadounidenses practican el 31 de octubre.

En esta extraordinaria celebración están presentes distintos animales, ya que desde hace centurias algunas especies han sido relacionadas con la muerte y el inframundo.

 

Perros

Los mexicas, la nación dominante en Mesoamérica a principios del siglo XVI, al igual que otros pueblos del área, relacionaban a varios animales con el Mictlán, es decir, el Reino de la Muerte, gobernado por el terrorífico Mictlantecuhtli, el Señor de los Muertos.

Sin duda, el perro era la bestia más fuertemente vinculada a aquel mundo de eternas tinieblas, pues fungía como guía de los difuntos a través de aquellos sombríos parajes. Sin la ayuda de los canes, los espíritus deambulaban a la orilla de un ancho y profundo río, sin poder cruzarlo y sin esperanza de alcanzar el descanso eterno. Esto les sucedía si en vida habían maltratado a un perro, por lo que las personas se esmeraban en criar y consentir a varios de estos cánidos.

Muchas veces se piensa que los perros que asistían a los muertos en su tránsito por el Mictlán eran exclusivamente xoloitzcuintles (sin pelo). No obstante, de acuerdo a la tradición, los canes que acompañaban al “Más Allá” a las personas, podían tener pelo y si éste era rojizo, era aún más conveniente para ese viaje sin retorno, puesto que no se negarían a brindar su apoyo al difunto, tal como lo harían los perros blancos y los negros.

 

Arañas

Otro animal asociado a Mictlantecuhtli era la araña, un ser muy temido por su mortal veneno y cuyo mortífero poder se originaba precisamente de su cercanía con aquella implacable deidad descarnada y con el lóbrego Mictlán. Se afirmaba que podía entrar y salir de allí, gracias a un hilo de su tela bien amarrado al mundo de los vivos, convirtiéndose así, en mensajera del Dios de la Muerte. Por su parte, los totonacos creían que las arañas eran las protectoras de los niños que morían.

Murciélagos y búhos

Los murciélagos, por sus hábitos nocturnos, también fueron ligados a la obscuridad del inframundo, del que salían al crepúsculo y a través de las cuevas que comunicaban el plano de los vivos con el temido reino de la muerte.

Lo mismo sucedía con los búhos, dueños absolutos de las tinieblas, pues se desempeñan con gran éxito incluso en las noches más obscuras. Se creía que estás fantásticas aves anunciaban la muerte con su ululato.

Para los mayas, los siniestros Ahauab Tucur, los Señores Tecolotes, eran los mensajeros de los malignos dioses del Xibalbá, el inframundo maya, por lo que los búhos eran vistos con miedo, respeto y reverencia.

De todas estas bestias, el que se ve con cierta frecuencia en los tradicionales altares del Día de Muertos es el perro.

Gatos negros, arañas, cuervos y sapos en la Noche de Brujas

Aunque la creencia en brujas y hechiceros es muy antigua y forma parte de las tradiciones de muchos pueblos, la idea que se tiene de estos inquietantes personajes en Occidente, se consolidó al final de la Edad Media europea y desde entonces, han corrido ríos de tinta describiendo el aspecto, las actividades, los ritos, las supuestas fechorías y el presunto pacto que estas personas hacían con Satanás, el Príncipe de las Tinieblas, al ser iniciados en la magia negra.

Aquellos practicantes de la nigromancia, eran asociados a varias especies animales, pues se creía que podían convertirse en bestias para alcanzar distintos fines. Así pues, una de sus transformaciones más recurrente era la de gato, ya que con esa apariencia podían desplazarse velozmente a sus aquelarres, pasar inadvertidos o huir de sus enemigos.

También existía la presunción de que, al sellar su acuerdo con el Señor del Averno, la bruja o hechicero recibía un “familiar”, es decir, un espíritu malévolo o demonio, que los acompañaba y ayudaba a causar todo tipo de daño a la gente de bien. Dicho familiar, se decía, solía tomar la forma de un animal y se presentaba como gato negro, cuervo, búho, murciélago, rata, serpiente o sapo.

En el caso de la serpiente, desde los tiempos bíblicos ya era asociada al mal, pues había engañado a Eva en el Jardín del Edén, independientemente de ser asociada a la muerte por su letal veneno. El caso del sapo es muy particular, pues las toxinas que impregnan la piel de muchas especies de este anfibio, podían causar estados alterados de la conciencia, alusinaciones e incluso la muerte. El mismo Satanás podía aparecer bajo la forma de un sapo monstruoso, aunque se reporta más como un macho cabrío o como un gran gato negro.

El animal más asociado a esta celebración es el gato negro, sin embargo, los murciélagos siempre están presentes, debido a su mayor actividad noctambular y a su maravillosa morfología, considerada por muchos, de forma errónea, como grotesca y, por tanto, asociada a los demonios.

Por su lado, las arañas han sido incluidas en la Noche de Brujas, no sólo por su ponzoñosa picadura y su apariencia supuestamente teratológica, sino también por habitar y tejer sus fascinantes telarañas en lugares abandonados y tenebrosos. Por supuesto que la inveterada aracnofobia de los seres humanos, contribuye a vincular a este animalillo con situaciones brujeriles y demoniacas.

El hecho de que estos estupendos animales fueran incluidos en las leyendas y mitos del pasado, se debe a sus extraordinarias y asombrosas cualidades, dignas de la mayor admiración de nosotros, simples seres humanos.