Crónica de un perro viajero

¿Qué son esos ruidos? El sonido de pasos y voces me despiertan, así que voy a investigar, pero no tardo en descubrir a los responsables: son mi propia familia. Por alguna razón, hoy se han levantado muy temprano y corren de un lado a otro. Aunque todos se desplazan por diferentes habitaciones, llego a un cuarto al que siempre vuelven: ahí hay un par de maletas en las que guardan cosas que toman de todas partes. 

De pronto, Liz tropieza conmigo, y no puedo evitar aullar. “¡Perdón, muchacho!”, se disculpa, y se agacha para abrazarme. “¿Te despertamos con nuestro escándalo? Queríamos que durmieras un poco más”, me dice, mientras me acaricia la cabeza y rápidamente se me olvida el dolor. Sin embargo, justo cuando me tumbo para que me rasque la panza, Mamá la llama y de inmediato se levanta y sale de la habitación. 

 

“¡Ya vámonos o nos va a tocar mucho tráfico!” grita Papá y se escucha en toda la casa. ¡Se irán! La idea de quedarme solito me pone muy inquieto y les ladro para pedirles que no me dejen, pero no sé si lo entiendan, pues Papá vuelve a gritar “¡Callen a ese perro!”. Triste, voy hacia mi rincón para echarme… 

¡Liz se está llevando mi cama! Corro tras ésta y la muerdo con todas mis fuerzas para quitársela, pero ella sólo empieza a reírse. “¿Qué haces, tonto? ¡Tú vienes con nosotros!”, me dice, mientras me carga y me sube junto con ella al vehículo. 

“¿Por qué no lo traes en la transportadora? Es peligroso que esté suelto en el auto”, le reclama Papá, pero ella me defiende: “Si está encerrado todo el trayecto sólo va a estresarse. Te prometo que se va a portar bien”, mientras me pone mi cinturón de seguridad especial,  le asegura, y entonces me voltea a ver mientras me dice: “¿Verdad?”. Por toda respuesta ladro, y Papá, resignado, arranca el coche.

El viaje es cansado. Me aburro muy rápido de olfatear los mismos rincones, y cuando me acerco a saludar a Mamá y Papá, Liz me atrapa y me regresa al mismo lugar. Además, debo ladrarles mucho para me dejen ir al baño (ellos me enseñaron a hacerlo), y cuando bajamos, sólo esperan a que yo haga para volver a subir, sin dejarme explorar más… Al menos Liz me acaricia mucho y me deja ir junto a la ventana para sentir el viento en la cara; cuando me siento agotado, me deja echarme en sus piernas para dormir…

Pero otra vez me despiertan con su alboroto. Ellos parecen muy emocionados, pero yo no sé qué pasa porque todo está muy oscuro y eso me da miedo. Liz se da cuenta y me abraza contra su pecho, aunque ahora que el aire es más caliente, lo cual me incomoda un poco.

De pronto, hay luz otra vez. “¡Miren eso!” exclama Papá y señala la ventana de su izquierda. Consigo escapar de Liz y voy hacia donde señala él. Hay muchos árboles, muchos edificios, pero sobre todo, ¡muchísima agua! “¿Verdad que está bonito?”, me pregunta Liz con una sonrisa, y yo ladro de emoción.

“¿Por qué no lo vemos más de cerca?”, sugiere Mamá, y Papá se detiene más adelante. Liz abre la puerta y los dos corremos hasta donde hay agua, y entonces descubro que el agua también corre a recibirnos. ¡Está viva!

Continuará…

Raúl  Alberto Romero Torres