El extraordinario gato de fray Francisco de Tembleque

La aparición del gato doméstico en América, se sitúa entre los últimos años del siglo XV y los primeros del XVI, llegando a este continente al lado de los colonos españoles que en aquella época arribaron a las Antillas. Y aunque no se sabe con exactitud si Cristóbal Colón traía gatos como parte del inventario de las tres carabelas que lo llevaron al Nuevo Mundo, lo más probable es que así haya sido, pues era la única forma de mantener a raya a las huestes de roedores que con toda seguridad ocupaban las bodegas de las celebres carabelas.

Años más tarde, el gato llegaría a lo que sería la Nueva España. Es posible que fuera introducido por la hueste de Hernán Cortés primero y por la de Pánfilo de Narváez después. Posteriormente, más felinos de este tipo llegaron junto con los colonizadores que se fueron asentando en territorio mexicano.

Resulta muy interesante el hecho, de que a partir de 1565 y al menos a lo largo de un siglo, la importación de gatos se hacía principalmente desde Oriente y no desde Europa, ya que llegaban a la Nueva España en la célebre Nao de China.

 

 

Fray Francisco de Tembleque y su obra

Poco después de la llegada del gato a lo que con el tiempo sería México, este animal se constituye por derecho propio en integrante de la sociedad novohispana, formando parte también de su rica cultura. Así pues, los gatos empiezan a inspirar tanto a artistas como a artesanos, son mencionados en la literatura y un hecho muy curioso que tiene como protagonista a uno de estos felinos, es narrado a principios del siglo XVII por fray Juan de Torquemada en su interesantísima obra Monarquía Indiana.

En este extenso texto y entre muchas otras cosas, Torquemada cuenta parte de la vida de fray Francisco de Tembleque y su relación con un excepcional gato, principal protagonista de un insólito suceso.

Pocos años después de la conquista de la Gran Tenochtitlan, este fraile llegó a la Nueva España, en donde llevó a cabo una de las obras hidráulicas más grandiosas e importantes en la historia del virreinato novohispano y probablemente de todo el periodo colonial de América.

Se desconoce su verdadero nombre, ya que al ingresar a la orden de los franciscanos empezó a ser reconocido por el lugar donde había nacido, tal vez a finales del siglo XV: la localidad de Tembleque, en la provincia de Toledo, España.

Una vez llegado a la Nueva España, fray Francisco de Tembleque aprendió la lengua de los naturales, a quienes siempre favoreció en la medida de sus posibilidades, pues era sensible a sus necesidades, además de comprensivo y caritativo. En cierta ocasión, estando en el pueblo de Otumba (en el actual Estado de México) se dio cuenta de los muchos padecimientos de la población por la constante falta de agua. Con su natural bondad y filantropía, se dispuso a solucionar tan grave problema y resolvió llevar agua a aquel sitio y beneficiar así a los indígenas, quienes enfermaban y morían por no contar con agua limpia para beber.

De inmediato, el fraile franciscano inició las averiguaciones y gestiones necesarias para llevar a cabo su loable propósito y muy pronto comenzó a construir un acueducto tan extraordinario, que una vez concluido alcanzó una longitud de poco más de 38 kilómetros

 

 

Esta magna obra llevaba el vital líquido desde el cerro El Tecajete, en Zempoala (en el actual estado de Hidalgo), hasta la mencionada Otumba. Además, se añadieron otros 10 kilómetros correspondientes a la bifurcación que llevaba agua a los pueblos de Zempoala y Zacuala, dejando a lo largo de los 48 kilómetros, cajas de agua de trecho en trecho para que los naturales tuvieran fácil acceso al preciado fluido. La construcción de tan magnífico monumento duró 18 años (de 1545 a 1563) y siempre se mantuvo bajo la estricta supervisión de fray Francisco de Tembleque.

A lo largo de su extenso trayecto, el acueducto es principalmente subterráneo, sin embargo, cuenta con seis arquerías, siendo tres de ellas las más importantes: la ubicada en la Hacienda de Tecajete y que cuenta con 46 arcos; la de la Hacienda de Arcos que tiene 13 arcadas; y la más impresionante, es la edificada sobre el río Papalote, muy cerca de Santiago Tepeyahualco y que está constituida por 68 arcos. Las dimensiones de esta última arquería son majestuosas, pues cubren un tramo de 904 metros y el punto de mayor altura alcanza los 38.75 metros.

Se dice que, desde el tiempo de los romanos, más de mil años antes de la construcción del acueducto del padre Tembleque, no se había levantado uno de tal altura, demostrando el enorme e innegable ingenio del fraile español. Fray Juan de Torquemada menciona en su texto, que por debajo del arco central de esta grandiosa arquería, hubiera podido pasar un barco con las velas desplegadas y que después de más de 50 años de haberse levantado, el acueducto seguía en perfecto funcionamiento, sin sufrir daño alguno a pesar de los temblores de tierra tan frecuentes en este virreinato.

Esta obra, tanto hidráulica como arquitectónica, resulta tan impactante y majestuosa, que en el año 2015 fue reconocida como Patrimonio de la Humanidad. Un verdadero orgullo para México.

 

 

El gato de fray Francisco

De los 18 años que duró la construcción, cinco de ellos se ocuparon sólo para levantar los impresionantes 68 arcos que superan la depresión del río Papalote, edificación que ya desde aquel tiempo se tenía por una maravilla arquitectónica.

Como la obra de dicha arquería duró tanto tiempo, fray Francisco de Tembleque hizo una ermita y junto a ella una casita en la que habitaba para no alejarse de la construcción, la cual era especialmente delicada y compleja en ese tramo del acueducto. Ahí mismo, también atendía las necesidades espirituales de los peones indígenas que trabajaban arduamente en la grandiosa obra.

Cinco años vivió el monje en aquella minúscula casita, siendo su único y fiel compañero a lo largo de todo ese tiempo, un gato pardo y de gran tamaño que se mantenía cerca de él siempre, excepto cuando por las noches o madrugadas salía a cazar conejos y codornices, presas que entregaba todas las mañanas al santo varón para que se alimentara con ellas. El fabuloso minino se encargó de su manutención a lo largo de aquellos penosos cinco años en los que el fraile vivió al borde del barranco.

Este acto de amor y apego de aquel portentoso gato, maravilló a la sociedad novohispana y muchos religiosos, a la par que varios nobles, enterados del extraordinario proceder de aquel felino, pasaban la noche en aquella ermita con tal de ver cómo, al rayar el alba, el gato de fray Francisco llegaba con la comida del día.

Al exterior del templo y ex convento de Todos los Santos, en Zempoala, Hidalgo, se ubica una estatua que representa a fray Francisco de Tembleque con un pergamino enrollado en la mano (seguramente un plano arquitectónico) y aparentemente dando instrucciones. Resulta muy curioso y significativo para los admiradores de los gatos, que el escultor no olvidó representar al fiel amigo y proveedor del fraile de Tembleque, ya que puso a un hermoso minino a los pies de este benefactor de los indígenas, excepcional ingeniero y amante de los gatos, quien tal vez, sin la ayuda de aquel maravilloso animalillo, no hubiera podido terminar su muy valiosa y sobresaliente obra.

MVZ Luis Fernando De Juan Guzmán

Departamento de Medicina, Cirugía y Zootecnia para Pequeñas Especies

Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia

Universidad Nacional Autónoma de México