El perro en la medicina prehispánica

A la llegada de los españoles en el siglo XVI, al territorio que pronto se convertiría en la Nueva España y que hoy es México, los indígenas llevaban siglos de practicar la medicina.

Ellos percibían las enfermedades como desequilibrios entre las diferentes partes del cuerpo y las fuerzas invisibles que rodeaban a los seres humanos. Algunas de estas energías eran muy sutiles, mientras que otras eran particularmente poderosas, pero todas podían modificar de distintas formas esa armonía, alterando la función o la estructura del cuerpo, así como el espíritu de la persona.

Deidades, fenómenos naturales, astros, espíritus malévolos, hechizos, energía de otros seres humanos, de animales y plantas, así como alimentos, comportamientos inadecuados, la infracción de las normas y muchas cosas más, podían trastornar el tan preciado equilibrio y causar enfermedad.

Para la curación se llevaban a cabo rezos, cánticos, rituales y además, se utilizaban elementos de origen vegetal, mineral y animal como ingredientes para elaborar una gran variedad de medicamentos destinados al tratamiento de los males que aquejaban a la gente. El uso de órganos, tejidos, secreciones y excreciones de diversos animales era común en la medicina prehispánica y el perro formaba parte de dichos recursos terapéuticos.

 

 

Perros pelones para el reumatismo

Casi siempre se utilizaban perros con pelo (eran los más abundantes) para obtener los beneficios curativos que esta especie brindaba, pero, en algunas ocasiones, eran los xoloitzcuintles, los singulares perros pelones, los que eran escogidos para tratar algunos males. Así pues, es añeja la creencia de que los perros sin pelo curaban el reumatismo y los médicos indígenas recomendaban a las personas afectadas que durmieran con ellos y que trataran de mantener las zonas adoloridas en contacto con la tibia piel de estos canes. Siguiendo estas indicaciones, los pacientes lograban aplacar de forma notable las molestias provocadas por la enfermedad.

Los entendidos en curar las afecciones de la gente (también los había que atendían a los animales), a veces pasaban un cepillo o escobilla por todo el cuerpo de la persona enferma y a continuación se hacía lo mismo y con la misma escobeta, pero en un perro y de esa forma se transfería el padecimiento de aquella persona al pobre animal que quedaba enfermo sin remedio, pero gracias al cual, el paciente humano recuperaba la salud. Sin lugar a dudas, este era un curioso e interesante tratamiento, que de acuerdo a los naturales de estas tierras era infalible.

 

Los cronistas españoles que escribieron sobre las costumbres de aquellos pueblos, relatan que en otras ocasiones para curar a alguien, se hacía la figura de un perro utilizando una pasta elaborada con maíz y después de dejarla toda una noche sobre la penca de un maguey, se colocaba a la orilla de una vereda con la convicción de que la primera persona que transitara por el sendero y que pasara junto a la figurilla se llevaría en los talones el mal que atormentaba al enfermo, el cual recuperaba pronto su equilibrio y por tanto la salud. El perro, aunque fuera sólo en efigie, contribuía a alcanzar dicho fin.

 

 

Por otro lado, también era una creencia muy popular que el portar algunos huesos de perro ayudaba a las personas a librarse de los espíritus perversos que causaban enfermedad, desasosiego y desgracias. Asimismo, los huesos molidos de estos animales eran utilizados en la elaboración de algunos de los muchos remedios indígenas.

 

Textos de medicina antiguos

En el siglo XVI, en Tlatelolco, se redactó (primero en náhuatl y luego en latín) el extraordinario Códice De la Cruz-Badiano (Libro sobre las hierbas medicinales de los pueblos indígenas), mismo que indica el uso de elementos provenientes del perro para tratar diferentes afecciones. Así pues, propone el uso de la orina para impedir la caída del cabello, bilis para evitar la caspa y huesos para controlar el mal olor de las axilas.

Por otra parte y a pesar de los embates del tiempo, se ha conservado hasta el presente un interesante libro fechado en 1751, que trata sobre la medicina maya precolombina y novohispana. Su título es particularmente largo: Libro de medicinas, muy seguro, para curar varias dolencias, con yerbas muy experimentadas, y provechosas de esta provincia de Yucathan, y en sus primeras páginas se aclara que es copia de otro de gran antigüedad. Está conformado por dos partes, la primera de ellas anónima y la segunda atribuida a Cristóbal de Heredia. Entre muchas otras cosas, este texto recomienda utilizar excremento de perro para la preparación de ciertos remedios. Asimismo, propone quemar la cabeza de un perro negro y una vez obtenidas las cenizas señala que hay que esparcirlas sobre los tumores que se pretenda tratar. Con ello se pretendía curar algunos tipos de cáncer.

No obstante que el libro hacer referencia a la medicina maya prehispánica, la influencia europea en la obra resulta más que evidente, pues muchos de los remedios y recomendaciones, especialmente en donde interviene el perro, eran practicados en el Viejo Mundo desde siglos atrás. A pesar de ello, el documento es importante e interesante y pone de manifiesto la utilización del perro y de otras bestias en la medicina tradicional de la Nueva España.

Otros casos igualmente valiosos e interesantes son el Chilam Balam de Ixil y el Chilam Balam de Kaua, textos en maya, probablemente redactados en el siglo XVIII y también con influencia del Viejo Mundo. En el primero se habla de las heces de perro mezcladas con otros componentes para controlar la diarrea y en el segundo se recomienda utilizar ingredientes extraídos del perro para calmar el dolor de bazo de una persona.

 

 

Otras curiosidades

Pero el perro (o sus partes) era también utilizado de diferentes formas para lograr otros interesantes y extraños fines, ya fuera en beneficio de algunas personas o de toda la comunidad.

Diego Muñoz Camargo en su libro Historia de Tlaxcala, dice que cuando se daba una gran sequía en las tierras tlaxcaltecas, varios perros xoloitzcuintles eran llevados en unas angarillas muy adornadas y en una solemne procesión a un templo llamado Xoloteopan, en donde los canes eran sacrificados y cuyos corazones eran ofrecidos a las deidades de la lluvia. Se decía que antes de que los participantes en el rito regresaran a sus casas, el cielo descargaba tan enorme cantidad de agua que se les dificultaba transitar por el campo y por sus aldeas.

Entre los mayas se creía que el fuego vital era traído del cielo por un perro celestial y que tenía un poder tan grande que era capaz de volver a la vida a los muertos y revitalizar los campos de cultivo. Para ganar el favor de los dioses y la protección de los espíritus, se acostumbraba sangrar ritualmente a un perro y ofrecer su sangre a estas entidades. Con ello, se buscaba la abundancia de lluvias, aumentar la producción agrícola y combatir a las fuerzas del mal.

Muchas ideas interesantes, herencia de las tradiciones del México prehispánico, siguen vigentes, especialmente en algunas comunidades rurales. Se creía, entre otras cosas, que algunos coyotes y algunos perros muy viejos (no todos los coyotes ni todos los perros), tenían una piedra incrustada en medio de la cabeza, entre los huesos frontales del cráneo, y que a quien pudiera conseguirla y portarla le otorgaba grandes poderes sobrenaturales.

 

 

Se suponía que la lengua de un perro colocada entre la planta del pie y el huarache, hacía al ladrón más osado, más rápido, más ágil, más astuto e incluso invisible, para llevar a cabo sus fechorías.

También se pensaba que si un gran hechicero frotaba sus ojos con lagañas de perro, era capaz ver a los muertos. Al mismo tiempo se afirmaba que algunos de estos poderosísimos brujos podían tomar la forma de un perro para llegar a la casa de sus víctimas y embrujarlas o matarlas. Estos muy temidos nigromantes, llamados nahuales, podían ser reconocidos porque casi siempre se convertían en canes de color negro y además, éstos infernales animales no proyectaban ninguna sombra.

 

Hoy en día, en México, el perro sigue brindando beneficios terapéuticos a los seres humanos. Sin embargo, estas bondades son de una índole muy diferente, pues los nobles animales son utilizados en funciones dignas de alabanza, como aquellas que realizan los perros de asistencia (entre muchos otros) que a diario contribuyen a la salud física y mental de las personas.