Canícula, una historia de fidelidad

Un antiguo mito griego que habla de la creación del Can Menor, dice que en el Ática habitaba un hombre llamado Icario, quien era adorador de Dioniso, el dios de la vid y la vinicultura. Un día, este ser divino se le manifestó y lo agasajó regalándole vino, el cual Icario compartió con los pastores que cuidaban su ganado. Al sentir los efectos embriagantes de aquella deliciosa bebida, los hombres creyeron que los estaban envenenando por lo que, poniéndose de acuerdo, mataron a su generoso e inocente anfitrión.

Cuando la hermosa Erígone, hija de Icario, echó de menos a su padre, lo empezó a buscar llena de angustia y desesperación. Su fiel perra Moira (también llamada Maira o Mera) la acompañaba como siempre, pues su gran amor por la muchacha le impedía alejarse de ella. Por fin, la desconsolada moza encontró a Icario, pero lo que vio la horrorizó: el maltrecho cadáver de su progenitor se hallaba tirado al pie de un enorme árbol. Llena de dolor, aquella bella doncella se ahorcó colgándose de una rama de ese mismo árbol. Su perra Moira, sufriendo indeciblemente la pérdida de su ama, no quiso moverse de aquel lugar donde colgaba el cuerpo inerte de Erígone y así acabó muriendo de tristeza.

Se dice que Dioniso estaba enamorado de Erígone y que al ver a su amada muerta montó en cólera e hizo que todas las mujeres vírgenes del Ática se suicidaran. Algunas leyendas dicen que a la chica la convirtió en un puñado de hermosos astros y la mandó a los cielos nocturnos creando la constelación de Virgo. Por otro lado, a Icario lo transformó en la constelación del Boyero, y a la fiel Moira también la colocó en la oscura bóveda celeste formando la constelación del Can Menor.

Desde los tiempos de la antigua Roma y hasta nuestros días, en recuerdo de Moira, a la época de más calor en el año se le sigue llamando “canícula” (pequeña perra), la cual inicia precisamente cuando aparece la constelación del Can Menor en los cielos.