Carta a Chiquis

Daniela Guidarelli

 

Hoy hace dos meses te fuiste. Cuando pienso que llevo 60 días sin ti no sé si me parece mucho o poco. Considerando que viviste a mi lado 12 años, creo que esta cantidad es insignificante. Vivir sin ti no es fácil, cómo hacerlo, por dónde empezar… El dejar de buscarte, de verte, cuando ni siquiera logro recordar mi vida antes de ti.

La parte más difícil de convivir con un animal, es la despedida. Los perros y los gatos viven entre 10 y 15 años, algunos más, otros menos. La probabilidad de que ellos partan antes está siempre presente. No atormenta si nunca antes hemos sufrido el dolor de una partida, porque es algo que preferimos no pensar, como esas verdades incómodas que quizás callándolas terminan por desvanecerse.

 

Una despedida previa

Hace poco más de dos años, Chiquis y yo vivimos la muerte de Ramona, su compañera. Ella murió poco antes de cumplir 10 años, que para un perro grande no es mucho ni es poco, pero sí fue muy pronto y de forma sorpresiva, una terrible tragedia para ambas. Ellas habían vivido juntas durante casi 10 años, ya que Ramona llegó en el 2006 y poco después Chiquis. Eran distintas y a la vez complementarias, eran perfectas una para la otra.

Ramona siempre fue una perra muy sana, llena de energía, de alegría y de amor para compartir con todos. Pero Chiquis siempre fue más especial, con un carácter único, una mezcla de perro, gato y de chica adolescente.

Cuando Ramona enfermó (y nunca supimos a ciencia cierta qué tenía), yo no estaba preparada porque mi mamá había muerto apenas un año antes. La vida no podía ser tan injusta conmigo, no me la podía quitar. Y cuando sufrió varios meses de un deterioro muy significativo, yo seguía creyendo que con mis deseos de que estuviera bien, mi amor inmenso y la convicción de que la vida no “podía quitármela”, vencerían la enfermedad. Después de varios meses, murió.

 

 

Fue una espantosa tragedia para nosotras. No podía creerlo y me atormentaba con una terrible culpa que no me dejaba ni siquiera sentir el dolor de su partida. Sentía que por mi negación no había sido capaz de acompañarla con la fuerza y valentía que necesitaba de mí.

Nuestros animalitos nos tienen únicamente a nosotros. Somos el centro de su vida y su vida depende absolutamente de uno. Y esto también aplica para su muerte, en la medida de lo posible.

 

Reinventando la vida

El duelo fue un proceso complicado para ambas. De ser tres ahora sólo estábamos ella y yo sentadas, una junto a la otra, sin poder decirnos nada. Ramona era el equilibrio entre nosotras y ahora teníamos que reencontrarnos, reconectarnos, en nuestro nuevo mundo, sin ella.

Chiquis estaba profundamente triste, y yo sentía que también estaba enojada conmigo. Porque la vida de Ramona, de alguna forma, había estado en mis manos. ¿Cómo explicarle que no había podido estar a la altura de las circunstancias y que no había podido acompañar a su hermana como debía, que se fue y que no había nada para remediarlo?

Después de esos primeros meses profundamente tristes, comenzamos a aprender a vivir solo ella y yo. Fue como volver a empezar, tenernos una a la otra. De algo estaba segura: estaba lista para prepararme para esta etapa, para sus últimos años. No iba a volver a pasarme: no podía fallarle.

Me volví mucho más consciente de ella, tanto de su edad, de su vida, de sus necesidades… y también de la posibilidad de su partida. En un principio vivía con mucho miedo, casi anticipándome a su pronta muerte con la intención de que no me tomara por sorpresa (y que así sería menos doloroso). Pasaron dos años y decidí en no pensar en ello: a sus 12 años era súper fuerte, con muchísima energía y con muchas posibilidades de acompañarme incluso tres años más (vivimos en un mundo donde nos venden la idea de que nuestros pensamientos mueven montañas).

A finales del año pasado tuve un sueño en donde supe que la vida de Chiquis podía terminar pronto. Temiendo que fueran pensamientos negativos, quise ahuyentarlos concentrándome en que los perritos como ella podían vivir hasta los 16 años.

Cinco días antes de partir, fuimos a correr al bosque y lo hizo feliz a mi lado más de una hora y media. Percibí algo distinto en ella, pero era algo más simbólico que físico, ya que su apetito era normal, su energía también: era la misma de siempre. Sin embargo, por unos segundos tuve esa misma sensación del sueño, aunque no había nada que clínicamente me dijera que no estaba bien.

 

La partida

 

El jueves 31 de enero en la noche, Chiquis se puso mal. Cuando llegamos al veterinario su cuerpo ya había perdido mucha sangre y fuerzas. Fue un tumor en el bazo que explotó. Estos tumores son, en el 90 % de los casos, asintomáticos. La operaron y durante horas luchó por permanecer a mi lado, quizá porque se lo pedía con todo mi corazón. No podía dejarme, no estaba lista aún, nunca lo estaría. En un momento me levanté de su lado y dejó de respirar. Su alma se fue a encontrar a Ramona.

Ese es mi único consuelo. Al final nada de lo que hagas o dejes de hacer te prepara para este doloroso momento. La muerte llega y te mueve absolutamente todo. No importa qué tan preparado estés, cuántas muertes hayas vivido antes, nunca duele menos, incluso duele junto a todas las demás que vayas arrastrando.

La partida de Chiquis fue como la de Ramona y la de mi mamá, lo más doloroso de mi vida. No obstante, la muerte te permite tocar lo más profundo de ti, tus miedos, tus anhelos, tus deseos, tus tristezas, tus posibilidades. Te cambia para siempre. Con Chiquis se van 12 años de mi vida, es como si de tajo me quitaran la mitad de mi corazón, la mitad de mi alma y con todo ese dolor que llena y vacía a la vez.

 

 

He escuchado muchas veces que el dolor de perder a un perro o un gato es tan inmenso que mucha gente decide jamás volver a exponerse a ello. Sin embargo, no lo comparto, jamás podría decir que nunca volvería a amar a un animal sino al contrario: si no fuera por ellos creo que no sabría cómo ni continuar mi vida.

Gracias mi hermosa chaparrita orejona, gracias por darme tanto.

Chiquis 2006-2018