Amistades no convencionales

A lo largo de nuestras vidas se nos ha reforzado la idea de que es imposible lograr una convivencia sana entre perros y gatos (u otras especies), desde caricaturas que nos acompañaron en la infancia, hasta refranes como “se llevan como perros y gatos”. Culturalmente tenemos implantado ese chip y aunque tiene sus bases, dichas relaciones no son imposibles; pero sí es importante considerar varios puntos al plantearnos el conseguir un compañero de otra especie a nuestra mascota.

Con la finalidad de disminuir al máximo un accidente, es importante plantearnos las preguntas adecuadas para armar un plan de convivencia dependiendo de cada caso, haciendo énfasis en conocer la situación de dicho animal, sin generalizar, puesto que cada uno tiene su propia historia. Cada punto nos dará pautas que nos ayudarán a entender mejor su perspectiva, ayudándonos a prever de mejor manera las posibles reacciones. Desglosemos entonces las preguntas básicas.

¿A qué especie pertenece cada mascota?

La importancia de saberlo radica en conocer los comportamientos que pueden considerarse como “normales” en cada una, y también entender cómo se percibe a sí mismo cada animal. Como ejemplo, imaginemos a un gato en contraposición con un perro:

El segundo es un depredador oportunista, altamente social, tiene un modo de caza cuya finalidad es encaminar a la presa a un agotamiento físico después de una larga persecución o a través del hostigamiento entre él u otros congéneres. Esto da como consecuencia un animal que tenderá a perseguir todo objeto y ser vivo que se mueva con rapidez o de manera repentina, y que se empecinará en alcanzarle. Entonces, si hay más de un can en la misma habitación que el gato y uno de ellos se dispara al verlo correr, seguramente el otro lo seguirá.

Ahora veamos la perspectiva del gato. Es un depredador pequeño, solitario y sumamente ágil que caza por emboscada (tiene poca resistencia en una carrera constante). Por su talla, se puede considerar como una presa para animales de tamaño mediano (perros, coyotes e inclusive algunas aves rapaces).

Esto puede ponerlo muy nervioso y a la defensiva al presentarle un perro, y su poca resistencia al correr lo harán esperarse casi hasta el último momento antes de huir y gastar su preciada energía. La huida la hará con movimientos rápidos e inesperados (provocando la persecución casi inmediata por parte del can). Siendo un solitario, sus habilidades sociales no están tan desarrolladas como en el perro, por ende puede resultar más difícil que se adapte a la idea de compartir su espacio con otro animal que puede derivar en una amenaza.

En cuanto a los perros ¿cuál es su función zootécnica?

Se refiere al objetivo o trabajo por el cual se creó una raza en particular; esto le dará características físicas y conductuales específicas que le ayudarán a cumplirlo con éxito. Conocer cuál es el objetivo de la raza de nuestro perro (o de los cruces, si es mestizo), nos ayudará a anticipar ciertas actitudes ante el estímulo de otro animal.

Un ejemplo es el comportamiento de caza del lebrel (creado para cazar presas pequeñas y veloces como las liebres), que ante un objeto o animal en movimiento, será mucho más intenso que en un boyero (creado principalmente para la guardia de rebaños en campo abierto). Si bien no todos los individuos de una raza presentarán igual todos sus comportamientos característicos, la inclinación hacia ellos sí puede ser bastante marcada, sobre todo en quienes tengan una crianza más dirigida al trabajo que a la línea de belleza o los criados por particulares.

¿Qué edad tiene cada individuo?

La edad de nuestras mascotas tendrá un peso muy alto en el desenlace del encuentro, ya sea que lo favorezca o dificulte. Además deben encontrarse dentro de la ventana de socialización, que se refiere al lapso de tiempo que tiene un animal para familiarizarse con ciertas situaciones (incluso objetos o seres), que dependiendo de las experiencias que genere, mostrará interés, recelo o rechazo. Ese lapso variará entre cada especie (y en los perros incluso entre razas), y en algunas hay periodos críticos para socializar con estímulos más particulares.

Se presenta en la infancia temprana y podría llegar hasta la adolescencia; esto no quiere decir que un animal adulto haya perdido toda oportunidad para familiarizarse con algo en concreto, pero sí hay que tomar en cuenta que o no tiene una experiencia anterior hacia el objeto o contexto deseado (para poder manipular el primer encuentro y generar una respuesta positiva), o bien posee experiencia previa y ya creó una asociación positiva o negativa.

La fuerza de dicha asociación dependerá de la capacidad de impresión de cada animal, así como del número de veces que se haya reforzado su respuesta. Entonces, si los primeros encuentros de nuestro perro frente a un conejo resultaron en persecución o incluso tragedia, al empezar la convivencia puede tener un final indeseable.

Si lo que tenemos es un animal que ya generó una respuesta inadecuada hacia otras especies, la mejor manera de trabajarlo será a través de la desensibilización y el contra-condicionamiento. No dejemos de lado la seguridad de los involucrados; no importa cuánto deseemos tener a nuestro perro acompañado por un compañero de otra especie, si el riesgo de lesión o muerte es muy alto para alguno, lo mejor será no forzar la relación y buscar otras alternativas para él.

¿Quién llegó primero a nuestro hogar?

A pesar de la creencia popular de que el nuevo integrante llegará a tratar de “derrocar el mandato” de la mascota con mayor antigüedad por la búsqueda de poder, la realidad es muy diferente y las razones de dichos roces son menos abstractas que el concepto de una dictadura aplicada entre ellas.

La razón por la que nuestro Persa de cuatro años se enfurece con la llegada del nuevo cachorro, tiene mucho que ver con lo que hablamos respecto al comportamiento natural de las especies: ambas son depredadoras y en un ambiente de vida libre pueden llegar a competir por algunas presas o recursos. Aunque en el hogar ninguno tendrá que “luchar” por su alimento, sí puede haber ciertos elementos que ambos deseen (un lugar en el sofá más cómodo, por ejemplo) y que no estarán muy contentos de compartir.

¿Cómo sabré qué sienten?

Es de suma importancia conocer con el mayor detalle posible el lenguaje corporal de las especies que presentaremos, esto nos ayudará a reconocer el momento en que debemos pausar la interacción y darles un descanso. Entre las señales que debemos aprender a reconocer están las que indican estrés, molestia, ansiedad, miedo o incomodidad; así como aquellas de relajación, alegría o de interés no predatorio. Cabe destacar que varían según la especie y tendremos que darnos el tiempo de investigar a cada una antes del primer encuentro.

¡Todo listo! ¿Y ahora qué?

Lo primero es elegir la zona donde empezar el proceso de presentación, que debe de ser lo más neutra para evitar que alguno se vea orillado a actuar de manera posesiva. Debemos ambientarla con un área donde el animal de menor tamaño o el más tímido, pueda refugiarse si lo desea; también contar con diferentes tipos de distractores adecuados para cada uno (premios o juguetes), de manera que si alguno comienza a obsesionarse con la presencia del otro, podamos recuperar y reenfocar dicha atención, evitando que evolucione a una respuesta más intensa.

Entre las situaciones a evitar con animales adultos, es hacer el primer encuentro directo. Siempre debe haber cierta distancia de seguridad para ambos, ya sea a través de algún tipo de barricada o de una puerta de vidrio; cuando no haya oportunidad de ello, le pondremos una correa al perro y evitemos en la medida de lo posible que tire de la misma.

Si además sabe algunos trucos o comandos de obediencia, podemos pedirle los realice a cambio de su juguete favorito o de algunos premios, de esa forma la asociación tenderá a algo agradable y divertido, en vez de restrictivo; lo que sea que se le pida, tiene que fomentarle estar calmado.

También podemos mantener a cada uno en habitaciones separadas y colocar sus platos de comida a cada lado de la puerta, de manera que al comer puedan olerse y escucharse, pero con interacción indirecta; otra manera es intercambiándoles una manta que usen habitualmente.

Con los animales más jóvenes es mucho más sencillo y puede ser directo el primer acercamiento, manteniendo dos reglas: que la edad de ambos sea similar (para que su desarrollo físico y psicomotriz sea paralelo), y siempre cuidar que el tamaño del cachorro y su tipo de juego no represente un riesgo para el otro.

La regla de oro para cualquier tipo de acercamiento será no dejarles juntos y sin supervisión, al menos hasta que podamos cerciorarnos de que ambos aprendieron por mínimo a ignorarse en diferentes contextos. Hay que tomar en cuenta que los procesos de adaptación pueden tomar desde unas pocas horas, hasta durar  días, semanas e inclusive meses. Si tenemos dudas, no vacilemos en buscar a un profesional que se actualice de manera constante.