Límites, qué son y qué no son

“El entrenamiento canino no se trata sólo de control, se trata de nuestras relaciones mutuas. Y las relaciones exitosas dependen enteramente de nuestra habilidad para comunicarnos”.
Doctor Ian Dunbar

Hemos recibido durante mucho tiempo una mala educación que remarca lo que un perro no debería hacer, mas nunca sobre lo que nosotros los humanos deberíamos evitar hacer por nuestro lado, y de eso tratan los límites: de las acciones que deberíamos abstenernos de realizar en pos de un bienestar individual o colectivo.

Hay mucho que corregir en cuanto a lo que entendemos por “establecer límites”, no por la interpretación desde la perspectiva de nuestros perros, sino por lo que tendemos a interpretar los humanos, pues según nuestra percepción, podemos ir del extremo de la dictadura al extremo en que creemos que establecer límites es robarle su libertad al animal.

 

Cómo los límites determinan la supervivencia

 

Todas las especies que estamos adaptadas para crear estructuras sociales complejas (entre las cuales nos encontramos los humanos y los perros), hemos desarrollado una serie de reglas no escritas para garantizar que las interacciones entre los individuos de un grupo no pongan en riesgo la cohesión del mismo.

Un ejemplo práctico es un grupo de cachorros jugando (caninos o humanos, veremos que es indistinto), lo cual es una necesidad para el correcto desarrollo psicológico y social en nuestras especies. Pero no todo se vale en el juego: lastimar a nuestros compañeros no está permitido, así que cuando un exceso de fuerza acontece, los individuos mayores se encargarán de hacer saber al pequeño infractor que ha cometido una falta y debe cambiar su conducta.

Esta llamada de atención es inmediata y firme, pero su poder reside más en lo psicológico que en lo físico (sin llegar en ningún momento a lastimar ninguno de estos dos aspectos). Este aprendizaje más adelante se traducirá en un individuo sano física y psicológicamente que respeta las señales de los demás, tolerante y cooperativo, y que sabe comunicar los límites de su tolerancia a los otros, así la incidencia de peleas al interior de su núcleo social se reduce al mínimo, y el grupo puede cooperar y prosperar.

 

“Me dijeron que tenía que dolerle”

 

Hay un malentendido en esta fase que ha permeado por mucho tiempo nuestras interacciones con otros animales, e incluso en las interacciones con nuestras propias familias humanas: que una reprimenda debía basarse principalmente en el uso de fuerza física. Error.

Cualquier animal con sentido común sabe que, ante todo, la integridad física de los miembros del grupo es por demás valiosa (no hay supervivencia de una especie si sus integrantes no gozan de salud física), por lo cual es un completo sinsentido que entre miembros del mismo núcleo social se lastimen, ¿quién necesitaría depredadores con congéneres así?

De ahí que el papel rector de los miembros que ostentan más autoridad se base en códigos visuales, olfativos, auditivos y táctiles que modifiquen el curso de las interacciones sociales y no en el uso de conductas agresivas. La agresión es una respuesta dirigida específicamente a lastimar o matar. La agresividad no es una forma de interacción social.

Si un día nos topamos con un entrenador que justifique sus métodos con el argumento de que “el perro responde a la agresividad” y nos conmina a portarnos de manera agresiva para entrenar a nuestro amigo, o cuyo concepto de “buena corrección” sea que nuestro perro emita un “¡au!” de dolor, tomemos a nuestro can y pongamos tanta tierra de por medio entre esa persona y nosotros como sea posible.

 

¿Quién establece los límites?

 

Todas las partes involucradas. La teoría obsoleta plantea que forzosamente debemos establecer nuestro dominio, pero la relación humano-perro es una simbiosis: dos especies distintas cooperan para ambos obtener un beneficio. No hay una búsqueda de dominio sobre el otro, más bien cada uno hace su parte para asegurarse a sí mismo la supervivencia, y el beneficio de uno se convierte, de manera directa o indirecta, en el beneficio del otro.

La simbiosis humano-perro es sobresaliente porque hay un elemento emocional y afectivo en la ecuación que nos permite asumirnos como figuras de autoridad a los ojos de nuestro perro y, por tanto, tomar las decisiones más importantes.

Debemos reducir la incidencia de conflictos, para ello hay que satisfacer las necesidades básicas de nuestro perro: alimento bueno y suficiente, actividad física y mental adecuadas, atención médica, un lugar cómodo para descansar, y actividad social suficiente (esto incluye la convivencia continua con su familia humana, el núcleo al que pertenece, y convivencia suficiente con individuos ajenos a la familia, tanto humanos como otros perros).

Lo segundo es establecer un sistema de comunicación simple, eficiente y efectivo, esto incluye no sólo establecer señales de nuestra parte para que el perro aprenda a interpretarlas, sino que también nosotros debemos aprender sobre las señales que esta especie utiliza para comunicarse y que asimismo tenemos que asimilar a interpretar y respetar. La comunicación exitosa siempre corre en ambos sentidos. Todo esto se puede englobar en un solo término: certeza.

Ofrezcámosle certeza a nuestro perro y nos habremos ganado su atención y su respeto. Sólo a partir de este punto estaremos en la posición de establecer límites a su comportamiento y esperar que nuestro compañero canino los tome en cuenta.

 

“Me dijeron que nunca había que decirle ‘no’”

Ya mencionamos que hay que establecer un sistema de comunicación simple y eficiente. Este sistema debe incluir una señal de aprobación y otra inhibitoria. El perro debe tener en claro en todo momento qué está haciendo bien tanto como qué está haciendo de manera inadecuada. Pero al señalar a nuestro can que está procediendo de manera inadecuada no debe involucrar ningún tipo de sufrimiento.

Nuestra señal inhibitoria debe representar sólo eso: el inhibir una conducta, no reprimir al animal; esa es la diferencia entre sólo decirle “no” (o la expresión que decidamos usar), y “corregirlo” usando un collar. Igualmente, que nuestro compañero muestre incomodidad ante una interacción de nuestra parte (como voltear la cabeza o alejarse) debe ser señal suficiente para detenernos. Si por diversión provocamos que todo escale hasta los gruñidos y mordidas, entonces estamos esperando de nuestro can el respeto a unos límites que en realidad no estamos dispuestos a respetar.

Si estamos haciendo eso, es momento de reflexionar.

 

Un tip: todo se aprende mejor a través del juego y cierta teatralidad de nuestra parte. Un ejemplo: junto a tu perro pasa cuatro o cinco veces frente a esa habitación que tiene prohibida; dile “no” cada vez que dirija su hocico hacia la puerta y sigan caminando. Al terminar esa serie, puedes tender una trampa y andar un poco más lento para ver si aún le causa curiosidad; si se acerca a la entrada de la habitación, aspira aire conmocionado, eso lo tomará por sorpresa, y cuando voltee a verte, llámalo y felicítalo mucho por acudir a tu lado.

 

Recuerda: establecer límites claros y consistentes para ti y para tu perro incide directamente sobre la calidad de vida tanto de él como de su familia humana, así que cumplir con esa responsabilidad no es una opción. Un perro no es una mascota, es un estilo de vida.