Achoque: las salamandras primas del ajolote

Los achoques son unas hermosas salamandras en peligro de extinción, los científicos las conocen como Ambystoma dumerilii, pero en Pátzcuaro, de donde son endémicos, las llaman achoques. Son inmensas en comparación con otras salamandras, las más grandes miden hasta 30 o 40 centímetros. Aunque lo que más destaca son sus branquias: filamentos lujosos y rojizos que enmarcan sus cabezas como si fueran melenas y ondulan suavemente en el agua.

 

 

En todo el mundo hay alrededor de 659 especies de salamandras, 17 son endémicas de México y 12 de éstas están en la lista roja de especies amenazadas de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Entre esas especies se encuentra el famoso ajolote, así como el achoque; dos anfibios de aspecto curioso que como otros ejemplares de su especie han sido gravemente afectados por la destrucción de sus hábitats naturales, así como su tráfico ilegal como mascotas exóticas.

 

Si bien el caso del ajolote ha sido más difundido en medios de comunicación, al achoque le espera un futuro poco prometedor si no se toman acciones que permitan la conservación de su entorno, así como la reproducción de la especie y, contrario a lo que cualquiera podría esperar, las principales protagonistas de esta historia de conservación son las 23 monjas de la Basílica de Nuestra Señora de la Salud ubicada en Michoacán, en la cercanía del Lago de Pátzcuaro, uno de los hábitats naturales del achoque.

 

En el interior de la Basílica, las monjas han acondicionado varias habitaciones para dar lugar a hileras de tanques que mantienen vivo un criadero de achoques que acumula hasta 300 ejemplares. Aunque esta comunidad actualmente representa uno de los esfuerzos más importantes para su conservación en la región, lo cierto es que comenzó con una perspectiva lucrativa.

 

 

Desde hace cientos de años, las monjas dominicas acostumbran preparar un jarabe de achoque, mismo que les ayuda a sostenerse económicamente, pero conforme la densidad de población de Pátzcuaro aumentó y el lago comenzó a llenarse de desechos tóxicos, además de que otras especies agresivas para los achoques fueron introducidas, orillaron a que las monjas decidieran comenzar este criadero para no perder su ingreso.

 

Sin embargo, muy pronto supieron que la cuestión no sólo se trataba de su ingreso monetario, sino de la propia existencia de los achoques. Si bien en el lago aún hay un grupo de estos animales, la población  se enfrenta a la pérdida de su variedad genética, por lo que la introducción de los ejemplares de las monjas podría cambiar el panorama.

 

 

Los programas de reinserción de los animales del cautiverio al estado salvaje han avanzado poco, pues tampoco ha habido una iniciativa que solucione de raíz los problemas que ponen en riesgo a la población de los anfibios, como la contaminación del agua y las especies que suelen alimentarse de los huevos de achoques.

 

Así que mientras las autoridades ignoran el problema, las monjas hacen lo propio, proveyendo de un ambiente saludable a esta colonia de achoques, en los que cada ejemplar tiene un microchip y suelen emparejarse para seguir reproduciendo a la especie y así asegurar su supervivencia.