Juntos para siempre: perros leales

Cuando en el año 323 a. de C. Alejandro Magno agonizaba, sus generales le preguntaron quién heredaría las vastas regiones por él conquistadas, y dice la leyenda que contestó: “Al más fuerte”. Durante los siguientes 20 años, dichos generales guerrearon entre sí para adueñarse de aquel inmenso imperio. Después de eliminarse unos a otros y de acabar con la familia de Alejandro, los sobrevivientes fueron Casandro, que se quedó con Macedonia; Ptolomeo, que se convirtió en faraón de Egipto; Seleuco, a quien le correspondió Persia; y Lisímaco, que se hizo rey de Tracia. Años más tarde, en el 281 a. de C., este último se enfrentó a Seleuco en la batalla de Curupedión, en donde perdió la vida.

Como era costumbre, el cuerpo de Lisímaco tenía que ser quemado en una gran pira funeraria, digna de su rango. Cuando todo estuvo listo y se incendió la pavorosa hoguera, un perro fiel llamado Hyrcanus, que acompañaba en todo momento al rey tracio, se arrojó a las rugientes llamas, prefiriendo morir junto a su amado dueño, que seguir viviendo sin él.

Siglos más tarde, Plinio el Viejo (23-79 d. de C.) escribió que cuando el cónsul romano Titus Flavius Sabinus III fue condenado a muerte junto con todos sus esclavos, uno de ellos tenía un perro que lo acompaño hasta la prisión. Cuando por fin su amo fue ejecutado, el animal manifestó gran aflicción y una persona que se compadeció de él le dio una hogaza de pan. Entonces el fiel animal fue hasta donde estaba el cadáver de su dueño y colocó sobre sus labios inertes la pieza de pan. Cuando el cuerpo fue arrojado al río Tíber, el leal can también se lanzó detrás de él y nadó junto al cadáver hasta que él mismo murió ahogado.