Testigo clave: un perro que no olvidó

Al paso de los siglos se dieron varios sucesos en los que los perros demostraron su fidelidad y su extraordinaria capacidad para reconocer personas, pero en la ciudad de Montargis, Francia, se levanta un monumento a la memoria de un leal y heroico perro. Las fuentes más confiables ubican el acontecimiento en la Edad Media, en el año de 1371, durante el mandato del rey Carlos V (quien reinó de 1364 a 1380), y dicen que un caballero de ilustre cuna llamado Aubry de Montcresson, fue asesinado por un tal Macaire, un rival con quien Aubry tenía problemas constantemente.
El criminal había acechado al caballero durante muchas noches hasta que se le presentó la oportunidad y acabó con su vida. Para deshacerse del cadáver de su víctima, lo enterró en lo profundo de un espeso bosque cercano y quedó muy satisfecho cuando pasaron los meses y nadie dio con el paradero de noble Montcresson. Sin embargo, el malévolo homicida no contaba con un inconveniente insospechado: el fiel perro del caballero muerto, un mudo testigo de todo lo que había pasado.

La gente de Montargis no tardó en percatarse de una curiosa conducta que presentaba aquel animal, el cual todas las mañanas se dirigía muy animado a la espesura del bosque, de donde volvía triste y cabizbajo todas las tardes. No tardaron en seguirlo y descubrir con horror, la infame tumba del caballero, quien había sido cruelmente desmembrado. Desde ese momento el perro de Montcresson, que era amable y manso con todo el mundo, se mostraba muy agresivo sólo con Macaire, a quien incluso atacó con gran fiereza en la plaza principal de la ciudad. A duras penas pudieron quitarle de encima al bravísimo animal, pues el ataque fue especialmente violento, pero ante estos extraños incidentes, toda la población empezó a sospechar de Macaire, pues sabían de su inquina en contra de Aubry.

Cuando el rey Carlos V fue informado de todo esto, ordenó que se llevara a cabo un duelo entre el fiel perro y el supuesto asesino para que así decidiera Dios si Macaire era culpable o no. El enfrentamiento tuvo lugar en el mismo castillo de Montargis, ante la presencia del monarca, de los nobles y del pueblo llano. Al sospechoso se le entregó un garrote y al can se le proporcionó un barril donde pudiera refugiarse.

Así empezó la lucha y el perro atacaba con denuedo y valentía mientras que el hombre se mostraba torpe ante tanta resolución y brío del animal. En un momento, el perro saltó al cuello de Macaire derribándolo y manteniendo firme la mordida alrededor de la garganta del asesino, quien temiendo por su vida confesó su crimen. El rey lo degradó quitándole sus títulos y resolvió que fuera ejecutado en la horca, como el bellaco que era.

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