Carta al primer dueño de mi mascota

La siguiente carta fue publicada en el portal Huffpost y en ella se narra las historia de rescate de Audrey Dunn a su perro Lestat, un perro que había sido abandonado por su primer dueño.

Si bien se trata de una historia con final feliz, no lo es así para los cientos de animales de compañía que son abandonados diariamente en todo el mundo.

Frenemos el abandono, seamos dueños responsables y demos una buena vida a nuestras mascotas.

Aquí el texto:

Ayer tuvimos que sacrificar a nuestro perro. Y cuando digo “nuestro”, me refiero a mi marido y a mí, pero también a ti, el primer dueño de nuestro perro.

Durante los más de ocho años que conocí a Lestat, no he dejado de sentir desprecio por ti.

Menos de una semana después de su quinto cumpleaños, lo abandonaste en la perrera con la excusa de que te ibas a mudar. Siempre di por hecho que mentías, pero aún no he conseguido hacerme a la idea de cómo no pudiste quererle suficiente.

Y ahora que le hemos dado nuestro último adiós, no entiendo cómo puede haber gente capaz de hacer voluntariamente algo así.

Ha sido la despedida más dura de mi vida.

Hoy, el primer día que estamos sin él, nos sentimos tremendamente solos, nos duele su ausencia. A veces aún podemos “oírle”, pero recordamos enseguida que sus sonidos ya se han ido y que ya nunca volveremos a oír el tintineo de su collar.

Después de que te marcharas, Lestat pasó dos años en la perrera. Estaba tan triste y asustado que adelgazó siete kilos el primer mes. Tenían que alimentarlo tres veces al día solo para mantenerlo con vida.

Un año después, aparecí yo en su vida, una inocente voluntaria cuya intención era pasar un rato jugando con los perros. No tenía ni idea de que me iba a robar el corazón casi de inmediato.

Fue obvio desde el primer momento lo mucho que le gustaba el contacto humano, teniendo en cuenta cómo se acurrucó conmigo en el suelo de su casa durante una hora. Si yo hacía como que lloraba, se levantaba de su camita para darme besos hasta que me “animaba”. La felicidad de esta desconocida era su prioridad.

Nuestra historia de amor siguió así durante un año. Lo sacaba de la perrera para llevarlo en coche a la playa o a McDonald’s para darle un sabroso capricho. Me moría por llevármelo a casa, pero el perro de 14 años de mi familia no lo habría aceptado.

El 22 de abril fue el día, unos dos años después de que lo abandonaras. Cargamos el coche y empezamos una vida juntos. Nunca había estado tan contenta y prometí que lo querría para siempre.

Quería mucho a las personas. A todas las que conocía.

Nunca tuvo que acostumbrarse a nadie, desde el momento en el que alguien entraba por la puerta, era su amigo para siempre. Se sentaba en nuestro regazo y apoyaba la cabeza en nuestra cara. Incluso dormía en la cama con nosotros, bajo las sábanas, por supuesto.

Conforme se iba haciendo mayor, le costaba más subirse a la cama, así que le compramos unas escaleras y aprendió pronto a usarlas. El sonido de sus patitas cuando subía los escalones para unirse a nosotros estará siempre entre mis favoritos.

Stat fue haciéndose mayor y empezó a tener algunos sustos médicos. Me pasé más tiempo del que me gusta recordar llorando en el suelo de la clínica veterinaria. Cada una de esas veces estaba convencida de que esta sería la definitiva, que nos tocaría decirle adiós, pero, milagrosamente, lograba restablecerse. No estaba preparado todavía para abandonar este precioso mundo ni a la familia que habíamos formado juntos.

Pero su salud se seguía deteriorando.

Su artritis empeoró rápido y nuestros paseos se fueron acortando. Ya ni siquiera podía subirse a la cama por sí solo.

Este último año ha sido el más duro. Stat había sido nuestro fortachón durante muchísimo tiempo, pero con la edad decaía cada vez más rápido. Ya no nos esperaba en la ventana; llegábamos a casa y lo encontrábamos durmiendo, como empezó a hacer la mayor parte de los días. Ya no era capaz de subir y bajar las escaleras, pero aún deseaba estar siempre cerca de nosotros, así que lo cogíamos en brazos para estar juntos en todo momento.

Fueron días de muchas lágrimas. El miedo a perderle era insoportable, pero no tardó en llegar el día en que su sufrimiento fue aún mayor, de modo que tuvimos que tomar la decisión más complicada de nuestra vida: priorizar su bienestar y decirle adiós a nuestro mejor amigo.

Cuando llegamos a la clínica veterinaria, era consciente de que había llegado la hora.

Estaba agotado y sus ojos habían perdido el brillo que les caracterizaba. Lo tumbamos y le aseguramos que todo iría bien, que estaríamos bien, aunque no sé si de verdad nosotros mismos nos lo llegamos a creer.

Incluso en ese momento, me lamió las lágrimas. Mi bienestar seguía siendo su prioridad.

Ayer tuvimos que sacrificar a nuestro perro, a un mes de cumplir los 14 años. Tú no estuviste ahí, pero ese día pensé mucho en ti, más que ningún otro día. Nos hiciste uno de los mejores regalos que nos podría haber hecho nadie. Lestat nos hizo mejores personas. Nos completó.

Nos enseñó lo que es amar de forma desinteresada y cómo superar los baches y volver más fuerte.

Fue todo lo que a mí misma me gustaría ser, todo lo que aspiraré a ser de ahora en adelante.

Así que, al primer dueño de nuestro perro: gracias. Siempre lo querremos.