¿Quieres adoptar un perro?

La adopción de animales de la calle suele ocurrir de manera impulsiva. Un ejemplo común es la historia de alguien (por lo general joven, porque mantienen esa sensibilidad que a veces perdemos los adultos) que mientras conduce, ve a un animal desamparado a la orilla de la carretera.

En el mejor de los casos lo lleva al veterinario, quien evalúa su estado de salud y condiciones. Si bien es muy loable esta acción, no es suficiente. Esta persona tendrá que hacer un análisis de la responsabilidad que acaba de adquirir y actuar en consecuencia, por ejemplo, involucrar a su familia en una decisión que tomó de manera individual.   

Poniéndonos en el lugar de este joven y si decidimos asumir dicha elección, antes necesitamos enfocarnos en lo que se requiere hacer, conocer y aprender. Con cabeza fría, primero que nada evaluemos los riesgos: es muy probable que no conozcamos su origen ni las experiencias que haya tenido a lo largo de su vida. Además, dependiendo de su edad las posibilidades de convertirlo en un miembro de la familia sano y equilibrado en su comportamiento variarán y serán mayores mientras más joven sea.

No es lo mismo un can de un año, nacido en la calle, cuyo único contacto con seres humanos se limita a vivir cerca de ellos, alimentándose de su basura o lo que de repente pueden darle de sobras, a un cachorro de seis meses abandonado porque su “familia” humana no se responsabilizó del compromiso y simplemente lo dejó a su suerte, o el caso de un animalito perdido.

¿Por qué menciono estos tres casos? Recordemos que la vida de un perro es corta en comparación con la de los humanos, por tanto, durante el primer año de vida las experiencias que haya tenido marcarán, de manera muy profunda, el comportamiento que tendrá en su adultez. La importancia de esto, si lo pensamos, es la base de lo que nos depara el futuro con nuestro nuevo compañero.

Desafortunadamente, tratándose de animales abandonados el miedo ha regido su vida, son los que utilizan la agresión como herramienta de defensa, y donde la frase “no hay perro más peligroso que aquel que se ve acorralado”, tiene gran parte de verdad, pero además son seres que sufren.

Si la decisión de adoptar no fue impulsiva (como en el caso anterior), sino pensada, la recomendación es acercarnos a albergues o instituciones que tienen procedimientos de adopción, que de preferencia sean asesorados por expertos en comportamiento animal (etólogos) y veterinarios, ambos preocupados en socializar a los animales, procurando su bienestar y donde transformen ese miedo en confianza, de manera que el can tenga mayores posibilidades de lograr una adopción exitosa.

Son más confiables aquellas organizaciones que limitan el número de rescatados que atienden y preparan para que puedan integrarse a la sociedad, buscan la compatibilidad de la familia con el carácter del adoptado, que escogen a aquellos candidatos que garanticen calidad de vida y cuyo compromiso sea total, vamos, que emparejan perros y familias basados en estilos de vida, tamaño que tendrá de adulto, entre otros factores.

Ahora bien, si lo recogimos de la calle, además de llevarlo al veterinario, debemos buscar el apoyo de un experto en comportamiento, donde las recomendaciones que hará para su socialización serán basadas en cada caso particular; será alguien que nos hará consciente de los riesgos reales y los pasos a seguir para que esta nueva etapa sea algo disfrutable y no se convierta en una pesadilla.

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