¡Vamos a jugar!

El juego es crítico en el proceso de desarrollo. Socialmente nos dice mucho acerca de aquellos con los que interactuamos y, en consecuencia, aprendemos a moderar nuestro comportamiento según con quien lo hacemos. Enseña autocontrol. Decidimos quién es de confiar y quién no. Se crean y se estrechan vínculos afectivos. Al existir confianza en tu compañero, el miedo a explorar y experimentar disminuye.

Un perro que confía en su humano y se sabe escuchado y respetado por él, responde notablemente mejor a un entrenamiento.  Además genera una química cerebral que mejora el proceso del aprendizaje y su retención. Después de una sesión de entrenamiento lleno de recompensas, una sesión de juego con tu perro le permitirá en el futuro recordar con más facilidad lo aprendido.

Recuerda que el juego es atractivo sólo si es innovador. Hacer siempre lo mismo o con el mismo juguete deja de ser estimulante tarde o temprano, por lo cual hay que contar con una gama de actividades y objetos para ir alternando. Jugar con tu perro requiere interacción física y mental de ambas partes, cuando es real cansa a los participantes, por tanto, lanzarle la pelota una y otra vez no es un juego, sólo es desgaste físico y rutina para tu can.

Usar el celular mientras “juegas” es como jugar  con una pared. Durante la actividad ambas partes se observan y se comunican. Algunos ejemplos: escondidillas, buscar premios de comida o personas, perseguirse uno al otro, morder y jalar un trapo (es importante establecer un equilibrio entre las veces que ganas tú y las que gana él; así no perderá interés en jugar contigo, ni tampoco se volverá un  tanto pendenciero), perseguir un señuelo de trapo y hay uno genial, aprender nombres de objetos para cobrarlos; te comparto cómo lo hace Gwen Bailey:

Usa dos objetos distintos. Digamos un gato de peluche y un calcetín; arrójalos y él irá por ellos, fíjate cuál recoge (imagina que tomó el gato), y cuando lo haga felicítalo y jueguen con el peluche. Haz una pausa y recoge el otro objeto, lánzalos de nuevo y dile el nombre del artículo que recogió antes (“¡Busca el gato!”), si lo trae, felicítalo efusivamente, repite el nombre y jueguen; si te trae el calcetín, permanece neutral y vuelve a juntar ambos para iniciar de nuevo el juego. Luego de varias repeticiones aprenderá el nombre designado para el objeto en turno.

Céntrate en una sola cosa a la vez y cambia ambas cuando vayas a enseñarle una palabra nueva; una vez superado el gato, descarta también el calcetín y usa artículos nuevos para una nueva palabra, como un helado de goma y una pizza de goma. Cuando aprenda el nombre de más de uno, empieza a combinarlos (el gato y la pizza, por ejemplo) y nuevamente felicítalo por tomar el correcto y permanece neutral si se equivoca. Con el tiempo puedes enseñarle “llaves”, “remoto” (control remoto), “periódico”, e incluso los nombres de los integrantes de tu familia.

Una buena socialización reforzada con juego adecuado puede garantizarte que no necesitarás a un entrenador canino, a menos que sea para proveerle enriquecimiento ambiental a tu perro en vez de “corregir” problemas de comportamiento o enseñarle mera obediencia.

Si próximamente piensas recibir a un amigo canino en tu hogar o acabas de recibir uno, toma en cuenta la cantidad de responsabilidades que adquieres (la primera de ellas, si buscas un animal de raza, acude con un criador profesional y ético) y que éstas deberás cumplirlas por un plazo de entre 10 y 15 años, pues un perro no es una mascota, es un estilo de vida. Y por último mi recomendación: en vez de comprar, mejor adopta.

Sin comentarios

    DEJA UNA RESPUESTA